Una tarde, después de una lluvia larga y constante, un fatigado agricultor luchaba por conducir su pesado carro por un estrecho y embarrado camino rural. La lluvia había convertido la tierra en un lodo espeso y pegajoso, y cada paso de los caballos se hundía profundamente en el suelo blando. El carro crujía y gemía bajo el peso de su carga—barriles de grano, sacos de verduras y haces de heno—y, sin importar cuánto se esforzaran los caballos, las ruedas se hundían más en los surcos dejados por vi