Había una vez, en un viejo granero al borde de un pueblo tranquilo, una gran colonia de ratones. Vivían entre las grietas de las vigas de madera y debajo de los montones de paja, donde guardaban migas, granos y todo lo que podían encontrar en la casa del granjero.
Pero sus vidas estaban llenas de miedo. Porque entre las sombras acechaba su enemiga: la Gata. Sus ojos brillaban como dos gotas de fuego amarillo, y sus patas eran tan suaves que podía acercarse sin hacer el menor ruido. Cada día, uno o dos ratones desaparecían sin dejar rastro, y los demás temblaban escondidos, temiendo incluso respirar.

Finalmente, los ratones más viejos y sabios decidieron que algo debía hacerse. Así que, una noche de luna llena, mientras la Gata dormía junto al fuego, todos los ratones se reunieron en el gran consejo bajo el suelo del granero.
Durante horas discutieron y propusieron ideas. Uno sugirió cavar túneles lejos del camino de la Gata. Otro propuso poner trampas o usar harina para ver sus huellas. Pero todas las ideas parecían demasiado peligrosas o imposibles.
Entonces, un joven ratón, de mirada brillante y voz valiente, se levantó y dijo:
—¡Tengo una idea! Es muy simple: solo necesitamos colgar un cascabel en el cuello de la Gata. Así, cuando se mueva, oiremos el sonido y sabremos que el peligro se acerca. ¡Podremos escapar a tiempo!
Los ratones estallaron en aplausos y gritos de alegría.
—¡Maravilloso! —chillaron—. ¡Por fin viviremos sin miedo!
Pero entonces, un viejo ratón gris, con una oreja rota y mirada sabia, se levantó lentamente.
—Amigos míos —dijo con calma—, el plan es bueno, no lo niego. Pero díganme una cosa: ¿quién pondrá el cascabel al gato?
El silencio cayó sobre la asamblea. Nadie se atrevió a responder. Todos sabían que acercarse a la Gata significaba una muerte segura.
El viejo ratón asintió.
—Es fácil decir lo que hay que hacer, pero otra cosa muy distinta es hacerlo.
Desde aquel día, los ratones siguieron viviendo con miedo, pero también con un poco más de sabiduría.