Había una vez, en un gran castillo junto a un lago brillante, una princesa llamada Lila. Llevaba hermosos vestidos y comía los pasteles más finos, pero se sentía muy sola. Sus padres, el rey y la reina, siempre estaban ocupados, y en el castillo no había niños con quienes jugar.
Una mañana soleada, la princesa Lila caminó hasta la orilla del lago. Su cabello dorado brillaba bajo la luz. Arrojaba piedrecillas al agua y suspiraba. De pronto, escuchó un suave cuac. Al mirar hacia abajo, vio un pequeño pato marrón que nadaba cerca.

El pato volvió a hacer cuac y se acercó. Para sorpresa de Lila, no se alejó nadando. En su lugar, saltó a la hierba y ladeó la cabeza, observándola con atención.
Lila rió. "¿Quieres jugar conmigo?" preguntó con esperanza.

Cada día, Lila visitaba el lago. Le contaba al pato todos sus secretos, cantaba canciones y hacía coronas de margaritas para su cabeza. El pato la escuchaba pacientemente, cuacando a veces como si entendiera cada palabra. Lila lo llamó Diente de León, porque su plumaje suave le recordaba a la flor amarilla.
Una tarde, mientras jugaban al escondite, Lila tropezó con una raíz y cayó. Se raspó la rodilla y comenzó a llorar. Diente de León corrió hacia ella, la acarició suavemente con su pico y permaneció a su lado hasta que dejó de llorar.

Al día siguiente, los padres de Lila notaron su alegre sonrisa. "¡Te ves tan feliz, Lila!" dijo la reina. "¿Qué ha cambiado?"
Lila les contó acerca de Diente de León. El rey y la reina se sorprendieron, pues nunca la habían visto tan contenta. "A veces", dijo la reina, "los mejores amigos se encuentran en los lugares más inesperados."

Y así, en el castillo junto al lago, la princesa y su amigo el pato vivieron felices para siempre, compartiendo risas, aventuras y la magia de la verdadera amistad.