Érase una vez, en el corazón del Bosque de los Sauces, vivía un pequeño y astuto conejo llamado Remy. Remy era conocido por su ingenio rápido y su corazón amable. Le encantaba saltar por los campos, mordisquear trébol dulce y hacer amistad con los demás animales. Pero en la parte sombría del bosque vivía alguien que no era tan amigable—una vieja bruja gruñona llamada Griselda.
A Griselda no le gustaban los visitantes en su parte del bosque. Preparaba pociones y lanzaba hechizos, con la esperanza de mantener a todos alejados. Una mañana soleada, mientras Remy brincaba cerca de la cabaña de Griselda, escuchó un suave sollozo. Curioso pero cauteloso, Remy se acercó sigilosamente y vio a Griselda sentada sobre un tronco, muy triste.

Griselda frunció el ceño: "¡Mi jardín está lleno de maleza y nada crece! Necesito una zanahoria mágica, pero solo crecen en los prados soleados. ¡Ustedes, los conejos, se las comen todas antes de que pueda encontrar una!"
Remy pensó por un momento. "Si prometes no lanzar hechizos a los animales, puedo ayudarte a encontrar una zanahoria mágica."

"Solo tendrás que creerme," respondió Remy con un amigable movimiento de su nariz.
Griselda aceptó de mala gana. Juntos caminaron hasta el prado soleado. Remy le mostró a Griselda dónde crecían las zanahorias mágicas. Pero tan pronto como Griselda vio brillar la zanahoria dorada bajo el sol, sus ojos se iluminaron con travesura. ¡En lugar de recoger solo una, intentó agarrarlas todas a la vez!

"Solo pedí una zanahoria, pero intentaste tomar todas. Es importante compartir, Griselda," dijo Remy.
Griselda frunció el labio, pero vio la sabiduría en las palabras de Remy. "Lo siento. Me volví codiciosa. ¿Me ayudarás a salir de esta red?"

Desde aquel día, Griselda cumplió su promesa. Dejó de lanzar hechizos maliciosos y usó su magia para ayudar a plantas y animales. Remy y Griselda incluso se hicieron amigos, enseñando a todos que un poco de bondad y compartir puede romper incluso el hechizo más fuerte.