Había una vez, en el tranquilo pueblo de Willowbrook, una granjera llamada Elsie. Era conocida por sus brillantes botas rojas, su buen corazón y sus campos de trigo dorado que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Cada mañana, Elsie cantaba a sus vacas y saludaba a sus gallinas con una suave caricia. La vida era pacífica, hasta que algo extraño comenzó a suceder. Cada noche, el trigo de sus campos aparecía pisoteado, retorcido en formas salvajes que parecían huellas gigantes. Los aldeanos