Érase una vez, en colinas verdes y ondulantes salpicadas de florecillas amarillas, el pacífico pueblo de Willowmead. Sus habitantes eran alegres, sus hogares cálidos y sus corazones aún más cálidos. En el borde del pueblo vivía el granjero Abel, un hombre amable con un alma gentil y una barba tan salvaje como las zarzas. La compañera más cercana de Abel era Hannah, una burra inteligente y obstinada con pelaje gris y ojos tan brillantes como piedras pulidas del río. Abel y Hannah trabajaban junto